“17 minutos”

Por Alfonsina Brión

Se pueden recorrer cuatro cuadras a un ritmo lento. No lo voy a hacer adrede pero me quedan veinte minutos para entrar a trabajar en la escuela y trescientos metros por delante que hice muchas veces. Deseo ir con el ritmo del capricho, como cuando mi hermana era chica y su mayor acto de revolución era ir más despacio que yo, quedar atrás, solo unos pasos, pero no ir al lado. Para que mi mamá nos pregunte si veníamos peleadas o para dilatar el trayecto, eso no es importante; lo relevante es cómo me irritaba tremendamente esa situación, cuando se hacía la que encontraba maravillas en el camino simplemente para no ir a la par. A mí me sacaba de quicio pero era un sentimiento arbitrario: ella había pautado que me moleste y algo en mí no podía ser menos. Así voy ahora, a llegar sobre la hora al trabajo.

Hace unos seis años hice un blog que luego abandoné. Se llamaba “pan queso pan” y si lo pienso, tener un blog en época de Facebook era un poco lo mismo que ir al capricho del destiempo.

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Cuando era estudiante de esta misma escuela iba por este mismo camino. La opción A era ir por la ruta. Yo siempre preferí esta vía paralela de tierra y cuando empecé a trabajar en el mismo colegio, de forma inerte, lo volví a retomar. A veces otros profes que vienen de Bahía me dicen que vaya por la ruta así me levantan pero no me sale, siento preferencia.

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Cuando mis viejos vinieron a vivir a esta parte del pueblo no había nada. Solo el barrio de casas iguales que me parecía terriblemente aburrido y todo lo que rodeaba era paja vizcachera. Mis amigos y el club estaban lejos, todo lo lejos que se está en los pueblos, apenas diez cuadras. Un día en el patio encontramos un alacrán. La conclusión que sacaba yo era que había sido un hecho casi mitológico, vivíamos en el caos, aislado, insólito.

Comencé a hacer este camino a los doce años y también me parecía letal hasta que me di cuenta que estaba lleno de aire, de verde, que me despertaba como un cachetazo y entraba a la escuela como el chico de la propaganda de pastillas halls cuando el pingüino en patines le da la bofetada de frescura.

Hace poco un chico subió a Facebook unas fotos del pueblo desde arriba y fue impresionante. Los techos, los caminos vecinales, todo visto desde arriba pero de cerquita. Todos le comentaban que el dron estaba re bueno pero luego se dieron cuenta que por la ubicación había trepado a la torre de la Cooperativa Telefónica.

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La primera calle de este camino que hacía y hago, en invierno, está escarchada o muy fangosa y siempre hace que tenga que sortear obstáculos, ir seleccionando la parte bien de la calle para apoyar el pie. Planear las pisadas, ir zigzagueando por la certeza. El segundo obstáculo de adrenalina también lo conservo hoy. Una jauría de perros que nadie sabe de quién son pero torean o atacan en grupo. Atacan es una forma de decir porque yo le tengo miedo a todos los perros. Para mí los perros son bocas abiertas con baba y olor a osamenta que me quieren, mínimo, devorar. Ningún perro nunca me causó gracia y de hecho cuando alguien me comenta que tiene un perro yo visualizo la boca de ese perro que por más que desee mis caricias en algún momento decidirá ingerirme. Es un trauma que no viene al caso pero no lo puedo superar. La jauría que sale al acecho en la segunda cuadra y que no es de ningún vecino tiene y tenía cuando yo era alumna, un despertar brusco. Caminaba esa segunda cuadra como una procesión, con la sutileza de quien no quiere que se mueva una molécula porque si no me salían al ataque. Nunca uno de ellos me mordió, pero no envejecen ni mueren: los mismos que me ladraban hace quince años, o sus hijos, son lo que siguen desperezando mi caminar rumbo al trabajo.

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Salgo de mi casa, paso de largo la puerta de la reja para el otro lado de modo que parece cerrada con llave. No puedo cuestionar eso, mientras trabajo en Burato vivo en la casa de mis padres y a mi madre le parece que eso de hacer como que está la puerta cerrada está bien y yo lo hago. Uno comprende medio de grande que ya no es su casa y que lo subjetivamente reglado merece un respeto. Es como cierta solemnidad hacia el cosmos ajeno. Una vez mi madre fue a mi casa y me quiso cambiar el orden de la cubertera (tenedor / cuchillo / cuchara) por el de tenedor / cuchara / cuchillo. Le expliqué esto del cosmos cotidiano que me había armado y las dos coincidimos amenamente.

Una vez que hago la acción de fingir el lacre de reja, avanzo hacia la calle que me lleva a la escuela. Son las 7:10 hs. Lo primero que avisto es el mercadito de la chica de Santecchia, abierto. Está pintado de rojo Manaos. Por un tiempo pensé qué bien que la hizo la empresa de gaseosas y un día lo reafirmé cuando un chico en el Avanza dijo “rojo Manaos”. Después vi la publicidad en que dicen “¡grande Manaos!” y pienso que la frase podría venir del lado de la conquista cromática. Desde entonces le guardo un profundo respeto, el mismo que le guardo a mi madre con lo de la reja. La deferencia por haber pensado algo que para uno, funciona. La empresa hizo que cada tanto haya negocios que llamen la atención con el mismo color de la gotita de  “usted está aquí” y eso es un mérito. En mi calle preferida, el rojo Manaos corta el paisaje, despierta. Una vez le pregunté de metida a la dueña por qué abría tan temprano y me dijo que el marido amanecía con los gallos y la despertaba. No tenía más remedio que prepararse unos mates y abrir, pero me lo dijo re sonriente.

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Enfrente a lo de Santecchia hay medio descampado con un tinglado detrás, que antes era del abuelo de Vicky y ahora hay otro hombre que mi vieja me dijo quién es pero no me acuerdo.  La vereda es un pastizal. Algún vecino que no sabemos saca la basura ahí. Un día había un inodoro celeste que estaba bastante bien, con tapa y todo. Yacía entre la paja y los dandeliones. Hace como cuatro años había un objeto del que desconozco su utilidad pero me encantaba el color y la forma. Como iba a la escuela lo escondí más entre los pastos para que nadie se lo lleve. A la vuelta lo pasé a buscar y lo hice macetero. No me acuerdo si Gonzalo me dijo que es una estufa vieja o un farol. Yo lo hice maceta y lo tengo en un rincón del patio, queda muy bien.

En invierno toda esta calle es oscura como la muerte. Al inicio de la tercera cuadra hay un cable que atraviesa la ochava rural de la intersección del cual pende una farola que ilumina hacia abajo. Cuando inicio el recorrido veo a lo lejos ese cono enorme de luz que indica la dirección en la que voy y al lugar que llegaré si me deja pasar la jauría. Después de la luminaria vienen unos metritos y la vía, un poco más alta, en la elevación del terreno.

En la cuadra de la gigantomaquia canina, en que hacen lo imposible para que yo no llegue a la escuela, hay una cosa que post lluvia me resulta fascinante de ver. Le saqué varias fotos en diferentes momentos de mi vida. Los caracoles atraviesan el camino en manada. La mayoría de las veces solo veo su rastro, es como si hubieran plastificado la calle en delgadísimas líneas onduladas.

Los caracoles no son tan limitados como todos pensamos: no hay un lugar conflictivo por el que hayan trazado ruta, esquivan los problemas. Da la sensación de que quizás pararon o tomaron decisiones perpendiculares a la calle y luego se arrepintieron. Lo cierto es que sus trayectorias de banquina a banquina resultan sumamente estéticas, parecen haber hecho el itinerario con la tensión de un autoexamen mamario, en círculos cuidadosos que guardan una expectativa positiva de camino.

La primera vez que vi el recorrido de muchísimos caracoles en esta cuadra me acordé de que la vez que mi papá me contó que hace como cincuenta años en el Boulevard de las Moras jugaban todos los nenes del pueblo a la bolita. Yo me había puesto a  pensar en que luego quedaban como unas Líneas de Nazca para niños. En esa época pensaba mucho en la música y literatura de artistas consagrados que hacen para niños. A veces es raro.

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Mi padre no me cuenta tantos recuerdos de su infancia pero el de las bolitas es uno y el de la revista El Gráfico es otro. Él era el niño que debía llevar mi tía Beatriz cuando noviaba con mi tío Ruben, como garante de que la pareja se portaba bien. Para que mi papá no los acompañara en el recorrido el tío le regalaba el último número de la revista deportiva y mi viejo se quedaba a mitad de camino abandonando a los novios, abstraído con los goles de la fecha. Mis tíos noviaron años porque mi papá de grande donó a la biblioteca de la escuela, pilas y pilas de El Gráfico que atamos con hilo de nylon por temporada. Mi padre hizo una carta a la biblioteca contando la historia del “violinista”.

Ahora que pienso las dos historias que sé de la infancia de mi papá tienen que ver, una con el movimiento, el trayecto de las canicas y la huella; la otra, con quedarse en un lugar quieto, encapricharse con el no trayecto de vigía.

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Ahí, la vía. Cuando era chica un par de veces vi pasar el tren. Salía tres pesos a Bahía. Venía los sábados y se iba los domingos. Hace unos años hubo una tormenta de arena por Stroeder que salió en los noticieros. La tierra cubría el alambrado de siete hilos, también la vía. Lo cierto es que no la destaparon y el trayecto Viedma – Bahía quedó inhabilitado para siempre. Se entiende que para siempre es hasta ahora porque yo estoy contando ahora. Una vez vi pasar a dos tipos en zorra y no lo podía creer, me parecía de dibujitos. Cuando empecé a leer poesía quise hacer la del poema de Fabián Casas pero al no pasar el tren nunca encontré oportunidad.

Luego de la vía el terreno vuelve a la planicie y se avista la escuela. Hay un baldío a la derecha y a la izquierda casas. La de Martina, una alumna que se me sumaba en el camino cuando la tenía de alumna, y la de Eugenia, otra alumna que twitteó en hora de clase de Lengua era un EM BO LE y me generó una crisis existencial. Después está la de Claudia, la profe de Educación Física.

Enfrente hay un baldío que podría ser una cancha de fútbol porque tiene arcos, pero los pastos están altísimos (por ende nadie lo usa como tal, así que no existe). Ahí solía haber caballos retozando pero atados a una estaca. Su trayecto era muy distinto al de los caracoles ya que se endemoniaban en hacer círculos todo el tiempo según el largo máximo de la cadena. El terreno quedaba sin un pasto, lisito. Si fuéramos más proclives al turismo podríamos sugerir que esas marcas de donde estaban los caballos son inexplicables, tipo de extraterrestres, pero a nadie se le ocurrió todavía hacer turismo. Una vez, camino a los molinos eólicos (donde aparecía el Chupacabras) había una Cina Cina en el medio de la nada que tenía la parte central del  tronco toda erosionada, como si fuera el cadáver de una manzana comida. Una amiga me dijo que era porque las vacas se frotaban el lomo ahí, pero parecía algo digno de problematizar.

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El baldío, luego, el tanque de agua. Erguido como algo verdoso de hormigón armado, se impone frente a la escuela. Ahora que escribo este texto me estoy acordando que andaban dando vueltas unas palabras del Mayor Buratovich en internet, que el tipo se había espantado cuando vio que su regalo eran estas tierras. Que el progreso, que el desierto, dios mío. Ahí está el tanque de agua que se ve altísimo como un castillo desde las ventanas de la escuela y me pregunto si alguno de los profes lo estaremos utilizando como excusa para hablar de historia, de botánica, de geografía, de literatura o lo que sea; no sé. Luego viene la escuela, antes un lugar verde que es “el de Educación Física”. La frase es el nombre del lugar. Están mis alumnos de la tarde jugando a la matanza. Pérez me avista y me grita algo que empieza con eh profe. Lo saludo con la mano.

Son y veintisiete, llegó re bien.

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En ese blog que se llamaba Panquesopan había escrito unas cosas que me estoy acordando:

El que aviste desde la ruta nocturna

verá que los pueblos son como

enormes rosarios rotos.

La cruz de la iglesia principal iluminada e imponente.

Las luminarias del acceso como cuentas desparramadas.

Sin embargo aquí nadie pierde la fe.

Si lo miran de día,

el tanque de agua,

como torre de ajedrez que espera

al próximo movimiento.

Por allá lejos una pareja de molinos que no anda

y permanece inmóvil.

Me acuerdo cuando entraron sus partes al pueblo

en camiones gigantes que llevaban de a un aspa.

Nosotros salíamos a la calle y aplaudíamos

enamoradas de esos dos operarios alemanes

que vinieron a ponerlos en marcha.

Después de un tiempo no sé por qué

dejaron de funcionar.

La revista Gente nos sacó una foto al pie de los molinos

que nunca publicó.

Los gigantes no andan pero cuando nos pelamos

con lo de otro pueblo

nosotros siempre metemos que al menos tenemos molinos eólicos.


Alfonsina Brión vive en Bahía Banca.  Se formó en talleres literarios con Carolina Pellejero, Daniel García Helder y Marcelo Díaz. Formó parte del colectivo “Un vagón hermoso” (Mayor Buratovich, 2000/2005), “revista Mini” (Mayor Buratovich 2003 y “Revista Rigoletto” (Bahía Blanca, 2009). Fue compiladora y correctora  del libro 100, un libro de ramos generales  para el centenario de la localidad (Mayor Buratovich, 2013). Su  poemario Papel Cebolla, salió en La Propia Cartonera (Montevideo, 2010),  Martes dedo, en Malaletra (Bahía Blanca, 2014) y Vista Aérea y otros poemas en Edições Macondo (Juiz Da Fora, 2016, traducción al portugués de Anelise Freitas). Participó en la antología mundialista Brazuca 2014 (Niña Bonita, Zaragoza, 2014) e ilustró Sudáfrica (La propia Cartonera, Montevideo, 2010).

En la actualidad forma parte del área educativa de los Museos de Arte MbaMac de Bahía Blanca, da clases de  Prácticas del Lenguaje  en Buratovich y es parte de una pequeña editorial familiar, Chuy ediciones.


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