Deriva continental

Por Brian Holmes

this_way.jpg
“El Mumi”, un amigo del Museo del Puerto

Claire y yo estamos en medio de algo fantástico: una Deriva Continental desde Chicago hasta la ciudad argentina de Rosario y más allá, a través de la Pampa hacia Bahía Blanca, un puerto a diez horas al sur de Buenos Aires. Este viaje es una oportunidad de reencontrar viejos amigos, ver que estuvo pasando desde el levantamiento del 2001, que trajo enormes cambios en la sociedad y la política de un país profundamente agitado por la globalización neoliberal. Estamos también intentando comparar diferentes experiencias de agricultura mecanizada, porque la Pampa, al igual que el medio oeste norteamericano, es un experimento de producción a escala masiva de comida genéticamente modificada (GMO). En los alrededores de Rosario, la soja ha sido un boom agropecuario desde principios de los ’90, interrumpido solamente hace unos años por el colapso financiero de 2001.

Hoy, los precios están creciendo sideralmente y los grandes terratenientes están intentando expandir las fronteras de la soja. Todo esto nos resulta ajeno y a la vez extrañamente familiar. En el pasado, Rosario fue conocida como la “Chicago argentina” porque su producción de granos era clave en la formación de precios a nivel mundial. Es por esto que uno de los nombres que estamos usando para nuestro proyecto (“Chicago, la Rosario de los EEUU”) causa risa a los argentinos.

Fuimos invitados aquí por el grupo “El Levante” de Mauro Machado, Lorena Cardona y Graciela Carnevale, a quienes Claire y yo habíamos conocido en nuestro viaje previo, en 2005. Tuve la ocasión de escribir sobre el trabajo de Graciela a fines de los ’60, cuando ella era parte del proyecto Tucumán Arde – in hito esencial en la transformación de la práctica artística en algo muy distinto, que aún no tiene denominación y que quizás nosotros estemos llevando a la práctica, en una versión contemporánea. Tucumán Arde fue un intento de un amplio grupo de artistas, sociólogos, cineastas y fotógrafos de investigar la transformación de la industria azucarera en una remota provincia retratada como un paraíso para turistas, mientras para sus habitantes se convertía en el infierno en la tierra.

Es necesario entender que en aquel tiempo (1968) Argentina se encontraba bajo la dictadura de Onganía, un preludio a la posterior Junta Militar. En aquel momento, el país participaba directamente en los últimos desarrollos del arte contemporáneo, con fascinantes experimentos que no son demasiado conocidos en el exterior. Aún así, estos experimentos no eran suficiente para aquellos artistas inquietos.

Graciela cuenta que el trabajo se transformó en una investigación para comprender un contexto que se había vuelto completamente incomprensible. El objetivo entonces, fue encontrar un lenguaje que permitiera a los artistas intervenir efectivamente en la lucha política, en este caso, realizando una investigación sigilosa e inmediatamente haciéndola pública con una muestra realizada en un sindicato, usando los medios, información, testimonios y actividades públicas de resistencia. Cuando me enteré de este proyecto parecía ser muy similar a las protestas contra la globalización de principios de los años 2000 (véase “La Venganza del Concepto”, parte 4). Habría mucho más que decir acerca de Tucumán Arde, pero vamos a ir a lo que estamos haciendo ahora, que es otra cosa.

grain.jpg
Cereal juntado al costado de la ruta

Lo que hemos estado haciendo con nuestros amigos de El Levante es un experimento sobre la percepción colectiva de los territorios contemporáneos: primero alrededor de Rosario, luego en un viaje de 800 kilómetros a través de la Pampa y ahora en Bahía Blanca. Esto implica visitar todo tipo de lugares y conocer a todo tipo de personas: en el gran puerto de Rosario, desde donde salen la mayor parte de las exportaciones argentinas; en proyectos de jardinería y construcción de viviendas alrededor de la ciudad; en la Bolsa de Comercio que es algo así como el cerebro neoliberal de toda la operación; en las fincas y en los hogares de la Pampa, a lo largo de la antigua línea férroviaria francesa que lleva a Bahía Blanca; y ahora en el puerto de Ingeniero White, donde la gente del Museo del Puerto nos lleva a las gigantescas instalaciones exportadoras de granos  y a las plantas petroquímicas. Cada día de este viaje nos pone en contacto con las escalas de la existencia contemporánea, desde lo íntimo y lo territorial hasta lo nacional, lo continental y lo global. En nuestras conversaciones por correo electrónico con los amigos de El Levante  nos dimos cuenta de que habíamos tenido inspiraciones entrecruzadas, basadas en el deseo de ir más allá de los límites habituales de nuestras prácticas, para conocer gente con diferentes estilos de vida y para averiguar algo más preciso acerca de cómo el mundo está siendo construído ante nuestros ojos y en nuestros propios cuerpos, incluso sin ser del todo conscientes de ello. El objetivo de esta deriva continental es averiguar cómo se producen los territorios contemporáneos y cómo los habitantes e incluso los viajeros participan en esa producción.

Una de las cosas más interesantes de Rosario fueron las dos noches de charlas con personas de diferentes profesiones y antecedentes culturales para hablar de las cuestiones sociales y políticas, que son actualmente muy intensas en Argentina. Uno tiene la impresión de que la historia está sucediendo ahora mismo. Anoche hablé con Sergio Raimondi del Museo del Puerto, quien dijo que se está viviendo un tiempo extraño: el presente se vuelve tan bruscamente diferente que está escindido de lo que ocurrió antes. Por ejemplo, a mediados de los años noventa se instalaron enormes plantas petroquímicas, se privatizaron los puertos, se disolvió la Junta Nacional de Granos y todas las exportaciones fueron controladas por multinacionales, que luego apostaron a realizar lo que le corresponde a la esfera pública mediante el financiamiento de escuelas, programas culturales, etc. Sin embargo, todo esto culminó con la crisis monetaria y las protestas que llevaron al país a un estancamiento económico que duró más de un año. Cuando llegué por primera vez al país en 2004, y luego cuando Claire y yo volvimos para una estadía más larga en 2005, la gente se mostraba entusiasta y apasionada pero también conmovida, cínica y altamente insegura sobre el futuro. Desde entonces, algo ha cambiado profundamente: la gente con la que nos estamos reuniendo ahora parece estar convencida de que después de aquellos tiempos desesperados, se debe reconstruir algún tipo de estado nacional-popular que pueda oponerse a las fuerzas dentro del país que buscan sólo su propio beneficio y que podrían fácilmente volver a llevar todo a la ruina. Esto significa que se puede encontrar algo inimaginable en los Estados Unidos de hoy o en la mayor parte de Europa: gente que cree en su capacidad de contribuir a un proyecto nacional que sea igualitario y participativo, con la convicción de que sólo esto puede salvarlos del caos del mercado global. Se considera a la década del noventa como un tiempo de resistencia, cuando todo cayó, cuando los restos del estado de bienestar fueron destruidos junto con el sustento de la mayoría de la gente. El presente es un tiempo de construcción.

El análisis geopolítico de los seminarios de Deriva Continental se basa en la intuición y en la percepción de algo similar al “doble movimiento” de Karl Polanyi: el capitalismo global se expandía vertiginosamente, pero también estaba destruyendo sus propios fundamentos y su expansión estaba siendo supervisada por un movimiento auto-controlado que podía tomar la forma de bloques continentales, proyectos nacionalistas. En los Estados Unidos, a partir de los atentados de 2001, vimos una ola increíble de proteccionismo nacionalista y miedo, acompañados por los horrores de la guerra, mientras se mantuvo una ilusión de falsa prosperidad que llevó al colapso financiero. Al mismo tiempo, este análisis geopolítico fue inspirado y alentado por la aparición de fuertes proyectos de izquierda a niveles nacionales en América Latina, y también por los avances hacia la formación de un bloque continental que podría ayudar a los latinoamericanos a desarrollar una economía regional más sólida, alejándolos de las salvajes oscilaciones del capitalismo financiero. Queríamos entender estos cambios, queríamos entender cómo nos estaban afectando a escala nacional, pero también queríamos empezar a cambiar nosotros mismos desarrollando una práctica de percepción y expresión, una nueva forma de vivir y formar solidaridades. Todo esto se unió en 2008, con la Deriva Continental a través del Corredor Cultural Radical del Medio Oeste – una práctica territorial de “cartografía con los pies”, desarrollada por un grupo de amigos que han tomado el nombre de Compass Group.

Hoy, una década después de los puntos más altos del movimiento anti-globalización, es sorprendente ver la transformación del debate político en Argentina. Las medidas keynesianas de los dos gobiernos de Kirchner (Néstor, y luego su esposa Cristina Fernández) han tenido un impacto positivo en la mayoría de la izquierda, y a juzgar por los votos, en la mayoría del país. Los fuertes movimientos políticos incluyen la imposición de un impuesto especial sobre los beneficios obtenidos de la exportación de la soja y otras exportaciones de cereales, que permitieron al país salir de su deuda; la expropiación de las compañías Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP) y su reemplazo por un plan nacional igualitario; y lo más importante, el enjuiciamiento y la condena de un gran número de asesinos de la dictadura de Videla, a quienes gobiernos anteriores habían concedido impunidad. Muchas personas reconocen hoy al neoliberalismo como un colosal fracaso, pero existe una gran lucha contra quienes aún lo defienden, además de una lucha por desarrollar algún tipo de filtro nacional y tal vez regional que pueda regular los flujos transnacionales y estimular la inversión en proyectos que den a las personas alguna oportunidad de participar en el proceso productivo. Es como si se hubiera terminado una época y se vislumbrara un nuevo paisaje, con desafíos muy diferentes.

silos
Silos nuevos en Ingeniero White

En nuestras excursiones, nuestras reuniones, las pausas para almorzar, los paseos en auto, vuelven a surgir estos mismos debates. Pareciera que uno gira su cabeza y al volverla ya nada es igual. Ayer, en el pequeño pueblo provincial de Coronel Suárez, visitamos una fábrica de calzado que empleaba a 4.200 personas, pero que en 2002 se fundió y cerró sus puertas dejando la zona en crisis. Este es el trabajo cultural en su nivel más básico, el clásico producto de moda del presente: zapatillas deportivas de marca. El día anterior habíamos conocido al encargado de un campo de 2000 hectáreas cuyos dueños tienen un total de 40000 hectáreas, algo típico de la vieja oligarquía argentina que obtuvo su riqueza exterminando a los pueblos nativos. Más tarde ese día estuvimos hablando con una pareja maravillosamente amable y generosa que complementa los ingresos producidos por sus 140 hectáreas conduciendo la maquinaria agrícola en las cosechas de otros pequeños productores de la región. Oímos al padre de Leandro, nuestro compañero de viaje, tocando polcas en su acordeón mientras comíamos asado en un pueblo de alemanes del Volga. Gente que dejó Baviera en el siglo XVIII para vivir en Rusia y luego emigró de nuevo durante el siglo XIX a Argentina.

Hoy caminamos por un corredor industrial de la antigua Junta Nacional de Granos (ahora operado por el grupo multinacional Bunge) hasta los enormes silos y muelles de Ingeniero White, en compañía de gente del pueblo, escuchando sus historias.

Cruzando el puente en la ciudad portuaria construido con capital inglés y mano de obra inmigrante a finales del siglo pasado, vimos un montón de cosas extrañas a nuestra izquierda: viejas bitas de hierro de algún muelle olvidado, una hermosa lancha de pesca, un camino hecho de durmientes del ferrocarril, un edificio viejo de chapa acanalada construído sobre pilares y pintado con brillantes colores. Nos tomó un tiempo darnos cuenta de que se trataba del mítico Museo del Puerto.

flyer-caminatas-2-cereal.jpg
Flyer de la caminata organizada por el Museo del Puerto

Mítico porque este pequeño y extremadamente amistoso archivo de la cultura materialista local tiene la reputación de investigar el papel de la gente común en la construcción de América,  y de traer las luchas del pasado directamente a la complejidad del presente. Se entra por la Cocina, lo cual ya dice mucho. Más tarde habrá comida, charla y una bienvenida. Afuera, donde comienza el museo, hay un cartel amarillo al lado de una vieja ancla oxidada. El cartel dice:

El AIRE que respirás no es natural. Tiene una historia que se remonta a la época de la revolución industrial. Inhalá: ahí están el polvillo del cereal, las emanaciones de las plantas petroquímicas, los millones volátiles de la producción.

Deténgase, mire, escuche, respire. La mente rueda, la cabeza gira. Incluso las estaciones están al revés aquí. El sentido es común, pero es diferente: neoliberalismo a la inversa. Algo ha cambiado, tal vez incluso para mejor. Bienvenidos a los mundos de la Deriva Continental.

 


Brian Holmes vive en Chicago. Es un crítico de arte, teórico cultural y activista, particularmente involucrado en el mapeo del capitalismo contemporáneo.

Este texto fue publicado en inglés en su blog (https://brianholmes.wordpress.com/2011/04/20/this-way-to-the-port/) en el marco del proyecto “Recorridos y extraterritorialidad. Rosario – Ingeniero White, un intento de re-territorialización del arte y la economía”, organizado por El Levante, Rosario, 2011.


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s