Esau y Jacob

Por Mariela Gouric

Eran hermanos. El padre era de nombre Isaac.

Un día la madre haciendo las cosas de la casa, sacudir trapos por ejemplo, miró a su marido sentado en su silla y le vio las canas, lo arrugado, lo achicado y lo muy quieto. Lo ciego también le vio. Pensó “Está viejo”, pero dejó pasar el pensamiento y siguió sacudiendo trapos.

Isaac sentado en su silla se pasaba el día y podía escuchar a su mujer hacer las cosas de la casa. La escuchaba, no la veía porque estaba ciego. No podía hacer mucho y por eso no hacía nada. Estaba cansado y no tenía la destreza que tienen los que nacen ciegos. Tenía sí la torpeza de los que pierden la vista porque se les gasta. Había desarrollado algunas habilidades, como escuchar a su mujer y hacerse imágenes de sus acciones: sacude trapos, cepilla alfombra, hace fuego. Cuchichea con Jacob, cuchichea con la empleada. Fue escuchándola sacudir trapos que pensó por dentro “estoy gastado”. Llamó a Esaú, que era el primero de sus dos hijos, y le dijo:

—Con tu arma salí al campo y cazá algo. Volvé y cociname guiso como a mí me gusta. Que te sale tan rico. Después de comer te voy a bendecir.

—Bueno—respondió nomás Esaú. Él era un cazador. Y agarró su arma. También el cuchillo, para el último toque que siempre es necesario, y salió al monte. También agarró otras cosas: agua, un abrigo y un poco de pan. Porque cuando se sale al monte se sale dos días por lo menos y de noche baja la helada. Puede pasar cualquier cosa también.

La madre tenía un lindo nombre: Rebeca. Los hijos le decían mamá, la empleada señora y el marido mujer o Rebeca. A veces las amigas la llamaban Rebe, pero como amigas casi no tenía, Rebe no le decía nadie.

Rebeca escuchó lo que habló su marido con su otro hijo y llamó a Jacob. Jacob menos callejero, siempre se quedaba dentro de la casa con ella. Si ella hacía dulce, él se acercaba y le preguntaba “¿Cómo se hace dulce?”. Si ella hacía cortinas, él le preguntaba “¿Cómo se hacen cortinas?”. Si ella limpiaba la alfombra, él le preguntaba “¿Cómo se hace limpieza?”. Y si ella elegía una flor del jardín, él le preguntaba “¿Cómo se hace elegir?”. A Jacob le gustaba preguntar cómo y escuchar lo que la madre decía. No tenían muchas flores porque era un clima seco.

Jacob fue enseguida con Rebeca que lo llamaba y cuchichearon:

—Tu papá mandó a Esaú a cazar, que le haga un guiso, pero. Para darle la bendición, que ya está viejo. Así que andá al ganado, traé dos cabritos que le voy a hacer un guiso como a él le gusta para que vos se lo des. Total no ve, que está gastado.

—Pero Esaú tiene pelos en los brazos, si me toca se va a dar cuenta que soy lampiño.

—Vos traé.

10
Ariel Cusnir. El entierro de Abraham. 2013.

Jacob trajo y cuando Rebeca cocinó el guiso él le preguntó “¿Cómo se hace guiso?”. Ella entonces se dijo por dentro “¿Ves que estás cierta?” y se puso contenta. Después explicó a su hijo cómo se preparaba el plato y él la escuchó. Fue un momento lindo. Cuando terminó buscó una ropa con olor a humo y a tierra y le dio a Jacob para que se ponga. Era ropa de Esaú. También le ató, en las partes del cuerpo donde le faltaba pelo, piel que le había sacado a los cabritos con el cuchillo. En las manos y en el cuello le ató. El olor del animal venía bien.

—Qué asco— se quejó Jacob.

El primer hijo estaba en el monte. Le dicen campo o monte, pero no es lo mismo. Esaú gustaba del monte, que es menos domesticado que el campo. Menos alambrado. No hay ganado sino manada. Por eso podía cazar lo que se encuentre y nadie le podía decir “Ladrón, eso es mío” porque Esaú lo cazaba también. Era buen cazador. Se le vino la noche y subió a un árbol a esperar que baje algún animal a tomar agua a la laguna. El árbol era un árbol bajo, porque era clima seco. Desde la altura miraba que todo era más azul cuando se hacía de noche. Sentía que todo era más azul pero que no era azul azul, sino un color mixturado. Pero Esaú no sabía nombrar tantos colores, aunque sí sabía verlos. Mirar todo medio azul lo ponía en calma. La luna iluminaba bastante y los ojos se le habían acostumbrado a la oscuridad. Por dentro él decía para nadie, porque estaba solo y nadie podía oírlo:

—Si yo también me vuelvo ciego, voy a moverme mejor. Porque no se me van a gastar los ojos sabiendo de la luz del día nomás.

Desde el fondo hacia adelante alcanzaba a ver: todo negro y de lo negro el nacimiento del monte llano. Después la laguna. Los arbustos. Yuyos y espinos.

Mientras esperaba tuvo otros pensamientos también. Pensó:

-La laguna está crecida.

-Prefiero cazar.

Sintió el animal acercarse a la laguna, meter primero una pata delantera, después la otra. La izquierda, la derecha. Pasar la lengua sobre el agua haciéndola sonar. En cambio el animal no sintió a Esaú tensar el arma, apuntar (este es un sonido aún más pequeño) y disparar. No sintió nada. Miento, sí sintió. Sintió la punta que le abrió el costado del cuerpo, con la limpieza de un buen filo que raja una lona bien tensada. Después sintió el monte azul oscuro casi negro y fue lo último que vio. “No es azul azul” pensó el animal antes de cerrar los ojos. Él tampoco sabía nombrar tantos colores.

Jacob se acercó a Isaac con el plato de guiso y le tocó el hombro.

—¿Quién es?— desconoció Isaac.

—Soy Esau, tu hijo primero. Vine a que comas y me bendigas.

—¿Cómo tan rápido?

—Que Dios más generoso es, me lo puso enfrente.

—Delante, sería.

—Si, delante.

Ariel Cusnir, Cocina, de la serie  Um Restaurante, 2013, Acuarela y tgouache s papel, 24 x 32 cm.jpg
Ariel Cusnir. Cocina (de la serie Um Restaurante). 2013.

El plato de guiso estaba bien hecho. La mujer conocía el gusto de su marido y la buena mano para la cocina de su otro hijo. Isaac  comió callado. También tomó vino. Bastante vino. Tenía hambre, la ceguera le había afilado el paladar. A Isaac  todos le decían Isaac, menos los hijos que le decían padre. Como si fuese un nombre, pero no era. Rebeca al principio había querido nombrarlo Is, para más dulce. Pero cada vez que ella decía Is, tal cosa, él preguntaba:

—¿Quién?

Y ella tenía que explicar: —Vos, Isaac— y se desanimaba.

Cuando terminó el plato, el padre llamó al hijo que se acerque más y le dio un beso y le tomó las manos. Le sintió el perfume y le gustó, era a monte. La bendición era un montón de palabras. Le dio esta cantidad de palabras:

—Mirá, qué rico perfume que tiene mi hijo a campo. A animal. Que siempre tengas frutas de los árboles, trigo de la tierra para hacer pan. Pero que lo amase otro por vos. Animales, esposas, hijos. Que te hagan caso todos y te conozcan. Mis empleados. Tu hermano. Y si hablan bien de vos les pasen cosas lindas, pero si hablan mal de vos lo peor. Que Dios te haga favores.

Cuando terminó esas palabras había dado la bendición que era para el primer hijo, pero Jacob era el segundo.

Rebeca escuchó todo llena de lágrimas. Estaba parada entre ellos, pero como Isaac era un ciego sin talento no la había notado.

Por la mañana Esaú volvió de cazar. Cargaba sobre la espalda un animal pesado. Bajo la sombra de la parra su madre enjugaba ropa en un tarro y su hermano en otro tarro la escurría. Levantó la mano para saludar. Ellos levantaron también. Sonrió. —Está en cueros— le cuchicheó Jacob a Rebeca.

Esaú hizo el fuego y cocinó todo sobre leña. Hirvió arroz, cortó cebolla y la fritó, mientras tomaba vino y la carne se enternecía. Afiló el cuchillo. Sirvió dos platos de guiso y alzó uno en cada mano. Tenía dos manos que le servían para cazar pero también para hacer otras cosas, como cocinar y sostener los platos con el guiso que había preparado.

Entró sin golpear manos donde estaba Isaac porque las tenía ocupadas, pero pidió permiso y dijo con alegría:

—Arriba, vas a comer conmigo y a bendecirme.

—¿Quién?— desconoció Isaac.

—Conmigo, Esaú, que recién llegué del monte y preparé guiso. Que te gusta. Que me pediste.

—Pero entonces ¿Quién es el que vino ayer?— desconoció Isaac.

Esaú lloró. La bronca le hizo llorar. Dejó a su padre tranquilo y fue hasta su madre para decirle:

—Voy a matar a mi hermano. Ahora no, para no amargar a tu marido. Esperá que se muera.
Fue hasta ella y le dijo tal cual.  Después volvió al monte. Él era un cazador enojado.

—Me lo va a matar, me lo va a matar— le lloraba Rebeca a Isaac. Le lloraba a los gritos y se tiraba al piso. Issac la escuchaba tirarse y le sentía tironearle las piernas. Mojarle con el llanto y los mocos.

Él tardó en decirle alguna cosa, también estaría triste. Pero peor, se sabría tonto. Y ella le rogaba sin cansarse: —Me lo va a matar, me lo va a matar— y se revolcaba. —Que me lo va a matar, me lo va a matar— repetía. Ellos eran un matrimonio.

Antes de que Esaú volviera del monte, Jacob salió donde su tío para hacer como le mandó la madre, vivir con èl hasta que a su hermano se le pase.

—¿Y cómo me entero cuando se le haya pasado?— preguntó Jacob.

—Vos andá.

 

 


Mariela Gouric nació en Bahía Blanca y vive en Buenos Aires. Es docente. Publicó Tramontina (Vox, 2012), Botafogo (Eloísa Cartonera, 2014) y Un método del mundo (Blatt&Ríos, 2016). Y las plaquetas: Decime que se siente. Se siente hermoso y Pensaba que no había un paisaje pero (Belleza y Felicidad 2014). Participó en diferentes revistas virtuales e impresas y antologías. Entre ellas se destacan 30.30 (Editorial Municipal de Rosario 2013).
En 2016 curó, junto a Dani Zelko, los domingos de septiembre, en el ciclo de poesía La Luz Mala, dirigido por Vivi Tellas en el Teatro Sarmiento.


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