PLAYA Y PUEBLO

Bienvenidos a la Rambla de Arrieta, un paseo costero en el corazón de un puerto sin salida al mar

 

Por Nicolás Testoni – Ferrowhite (museo taller) –

 

El 8 de enero de 2011, el diario La Nueva Provincia anunciaba la decisión del Consorcio de Gestión del Puerto de Bahía Blanca de realizar un nuevo dragado del canal principal de la ría y de utilizar el material extraído del fondo del estuario para rellenar, entre otros sectores, la franja de marisma y cangrejal que rodea  a la ex usina general San Martín. Ese lugar que en el museo comenzamos a llamar La Rambla de Arrieta, pero quienes viven en White conocían, desde mucho antes, como “la playita del castillo”. “El refulado -decía por entonces el diario- será empleado para construir una tercera posta de inflamables [en Puerto Galván] y para ganarle terreno al mar, con destino a nuevas industrias, en el sector de la antigua usina” ya que, continuaba, “con ese material se tornarían utilizables allí, entre 15 y 20 hectáreas, las cuales se destinarán a futuros emprendimientos industriales”. No deja de ser curioso el lenguaje con el que suelen contarse estas noticias. “Tornar utilizable” implicaba, en realidad, restringir los posibles usos del sector a un único uso que priorizaría, una vez más, el interés privado por encima del público. “Ganarle terreno al mar” significaba, en primer término, ganárselo a los vecinos.

Un día alguien trajo al museo este dibujo:

Balneario Municipal Bahia Blanca - 1934.jpg

La imagen muestra un gran balneario que en los años treinta el intendente socialista Agustín de Arrieta proyectó exactamente en esa zona del puerto. Fue a partir de esta suerte de postal de un futuro que no fue que empezamos a imaginar la Rambla de Arrieta. Bajo ese nombre Ferrowhite propone la recuperación comunitaria del frente marítimo de la usina para su conversión en un paseo popular, al mismo tiempo área de esparcimiento y mirador de un paisaje en el que trabajo a destajo y dolce far niente no pueden entenderse por separado.

Arrieta no concretó su idea. Sin embargo, un repaso a la documentación recopilada en nuestro archivo permite certificar la persistencia tenaz de aquel sueño. En 1943, se crea la Comisión Ejecutiva “Pro Construcción del Balneario Regional”, integrada por asociaciones civiles y profesionales, clubes y sindicatos. En 1961, la Sociedad de Fomento de Ingeniero White impulsa desde su boletín la realización de un proyecto similar, que ese mismo año es presentado ante la legislatura de la Provincia de Buenos Aires por los senadores Baeza y Goyarzú. En 1968, los vecinos de Ingeniero White reiteran el pedido en una nota elevada al intendente el 31 de julio. Con variantes, las iniciativas se repiten. En 2001, la Universidad Tecnológica Nacional formula un proyecto de uso integrado del castillo y su frente marítimo. Un poco más cerca en el tiempo, María Elena Súttora propone desde la Dirección de Planeamiento Urbano de la Municipalidad declarar el área Zona de Reserva de Interés Urbano. Tal como señalaba el texto presentado ante la Cámara de Senadores en el 61: “En la plataforma municipal de todos los partidos políticos figura, en cada elección, entre las obras públicas a realizar, la construcción de un balneario, que siempre queda postergado.”


Pero los balnearios que nunca se construyeron fueron materializados en la práctica por el ingenio de generaciones de bahienses que en días de calor llegaron hasta estas costas para inventar acá sus “paraísos de barro”. Porque si este lugar está lleno de laburantes, también lo está de expertos en pasarla bien. Toda una ciencia pagana del disfrute que en su estudio minucioso de las particularidades de cada sitio desafía las rutinas obvias del ocio estival. El balneario de la usina fue por décadas una costumbre de los vecinos del Bulevar. Una creación cotidiana que incluía convertir el canal de salida del agua que la central eléctrica tomaba del mar para refrigerar sus mecanismos, en una enorme pileta climatizada. Pregúntenle a Lili Torres, a Angel Caputo, a Ida Muhamed. No les van a contar de la remota década del treinta. Les van a hablar del sol que tomaban, de los sándwiches que comían y de los chapuzones que se daban en este lugar hasta bien entrados los años setenta, momento en que empezó a construirse la central Piedra Buena. Escucharlos no es un acto de nostalgia, es asumir que la misma historia que nos ayuda a comprender por qué White ha llegado a ser como es, nos permite imaginar que las cosas fueron y por tanto pueden ser de otra manera.

El MAR EN EL PATIO DE TU CASA

Acaso el adjetivo “autónomo” señala menos la relativa independencia de este puerto con respecto al Estado nacional que fue su administrador pleno hasta 1993, como su progresivo aislamiento de la población que levantó sus cimientos, trabajó en él y disfrutó de sus costas ahí donde se pudo. (¿No es esa autonomía el correlato de una mayor dependencia con respecto a las normativas y los vaivenes del comercio global?). Los perímetros alambrados, la audacia de quienes los traspasan a pesar de todo, convierten a la costa de Ingeniero White en un extraño territorio de frontera. Linde vallado que no separa a un país de otro, sino a los habitantes de un mismo lugar según tengan o no que ver con los enclaves a través de los que empresas de propiedad trasnacional almacenan y despachan granos, producen polietileno o urea, eslabonando un orden productivo que da impulso, pero al mismo tiempo parece fijar límites a la distribución del espacio y de la riqueza.

Juan Carlos Alesoni nació en las colonias ferroviarias que existían debajo del puente La Niña, a metros del sitio en el que grabamos esta entrevista:


Para el niño Juan Carlos las vías y los elevadores, la usina y su taller, todo este lugar hasta donde la vista alcanza, formaban parte de su “patio”, el patio de la “colonia”, esa casa de chapa y madera propiedad de la empresa estatal de trenes de la que sus viejos, aunque ahora cueste entenderlo, siempre se sintieron dueños. A diferencia de Alesoni padre, quien trabajó casi toda su vida en la playa de maniobras de Ingeniero White, la historia laboral de Juan Carlos -que es parte de la de la Argentina de estos últimos cuarenta años-, lo ha llevado de un lado para otro. Fue puestero en el viejo Mercado de Abasto de calle Aguado, operario en una fábrica de fideos, ordenanza en La Nueva Provincia, chofer de camiones para YPF y de colectivos para las compañías Coronel Ramón Estomba y La Unión. Hoy es sereno en el molino harinero de Puerto Galván, actual propiedad de la empresa de agronegocios Los Grobo. Así Juan Carlos ha vuelto a pasar la mayor parte del tiempo cerca de las aguas de la ría, a pesar de que su obligación consista, hoy por hoy, en impedir que nadie no autorizado por la compañía llegue hasta ellas.

MANDRAKE

Esa gran transformación que a vuelo de pájaro solemos caracterizar haciendo referencia al fin del Estado de bienestar, a la crisis de la “sociedad salarial”, a la mundialización de los flujos comerciales y financieros, al rol preponderante de la informatización y la automatización en los procesos productivos, tuvo en Ingeniero White hitos precisos: privatización del Ferrocarril Nacional General Roca (1991), disolución de la Junta Nacional de Granos (1992), reorganización del puerto como un ente autónomo (1992/3), privatización y ampliación del complejo petroquímico (1995/2000), radicación de empresas agroexportadoras de origen transnacional (1992-2011). En poco más de 10 años, en el lapso, si se quiere breve, que va de principios de la década del 90’ al comienzo del nuevo siglo, este lugar cambió y mucho. Lo que parece haber mutado, de manera profunda, no es sólo la relación entre trabajo humano y producción portuaria, también el vínculo entre tiempo libre y uso comunitario del espacio costero. Atilio Miglianelli lo tenía clarísimo.

Atilio fue buzo de la central San Martín. El jefe de esa pandilla submarina que tenía por misión mantener despejados los conductos que hacían fluir el agua salada en las entrañas del castillo. A pesar de que buena parte de su vida transcurría en una caverna oscura, Atilio se las arreglaba para lucir siempre bronceado, tostado incluso en las mañanas de helada, como si fuera el pasajero de un crucero de placer que vino a naufragar en este puerto laborioso. Él fue nuestro primer guía por el litoral sinuoso de la ría. Con él aprendimos sobre el balneario de Puerto Galván y la playa de la Esso, sobre la “alcantarilla” y el viejo balneario Unión, sobre la pileta del club Comercial -que junto a otros socios se encargaba de llenar bombeando el agua de las mareas-, y por supuesto, también sobre la playita que existía a un costado de la usina. O sea: aprendimos que la vida de un trabajador nunca equivale a su trabajo, a lo que esa persona hace por un salario, sino que es preciso tomar en cuenta todo lo demás, lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, la ropa que le gusta y las horas que pasa tirado al sol.

Cuando en este video Atilio afirma que le gustaría tener “aquello que pasó y esto que está”, alguno pensará que se contradice. Sin embargo, sólo contradice el límite de lo que hoy es, para la mayoría de nosotros, imaginable. La expectativa de un puerto con playa e industria era congruente con su experiencia vital. Es cierto, Atilio añoraba otras épocas, pero nos gusta pensar que su perspectiva de las cosas, de aquí en adelante, era considerablemente más compleja que la de los profetas del preservacionismo o los gerentes de la modernización (esos nostálgicos del futuro), ávidos todos de un tiempo sin historia en el que suele quedar entrampada la discusión sobre nuestro porvenir.

UNA PLAYA TOP

Como tantas otras cosas en este museo, La Rambla de Arrieta fue primero un chiste. Una playa fingida durante una noche de carnaval que terminamos tomándonos en serio. El chiste recibió, en 2008, una distinción en el concurso internacional “Somos Patrimonio”; un subsidio, en 2015, del Fondo Argentino para el Desarrollo Cultural del Ministerio de Cultura de la Nación; y una mención de honor, el año pasado, en el “7º Premio de Educación y Museos”, organizado por el Programa Ibermuseos. Pero más importante que el diploma, la medalla y el beso, es lo que ha sido posible hacer hasta acá, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos acá. Trajimos pollo y cerveza, y llenamos con humo de chorizo la noche del puerto trasnacional. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa, bikinis y posavasos, souvenires de lucha del Subcomandante Reynaldo. Las chicas y chicos del taller que hoy se llama Prende armaron su propia “cortina forestal”, una que en lugar de tapar, le pone marco el paisaje: flores fabricadas con todas las botellas de pvc que andan tiradas por ahí, camalotes plásticos tan indiferentes a la sospechosa calidad del agua del estuario, como capaces de aguantar mil años de sequía. Cada tanto somos anfitriones de bailarines, expedicionarios y poetas. Cada tanto montamos un escenario, invitamos bandas amigas, y cuando eso sucede, el Castillo se sacude al ritmo de “Rock in Ría”. Mucho se hizo, casi siempre con la conciencia intranquila por todo lo que falta, pero también con la certeza de que no existe otro territorio común que el que fabricamos a diario.


Primero el apagón (1988) y luego el desguace (1997) convirtieron a la usina en un agujero negro del patrimonio público. La recuperación de su predio confía tanto en la labor del grupo de personas que frecuentan Ferrowhite como en su capacidad de disfrute. Sin un mango, este proyecto de paseo público sólo es sostenible en la medida en que el espacio en obra se convierte en espacio de vida. Por eso, luego de retirar toneladas de chatarra y escombro, nuestra primera tarea en la Rambla se orientó a constituir un módulo mínimo de convivencia: cuatro bancos, dos mesas y una mesada fabricados con durmientes de quebracho exhumados de la playa de maniobras ferroviaria, y un fogón hecho con ladrillos térmicos que alguna vez fueron parte de las calderas de la usina. Infraestructura básica para cada brindis impostergable.

BAJO ESTE SOL TREMENDO

¿Sombrillas frente a silos y chimeneas? ¿Avistaje de aves entre nubes de granza? ¿Olor a asado llegando hasta la cubierta de un bull carrier?, en fin, ¿Una rambla justo acá? Sí, porque lo que esa rambla cuestiona es, justamente, aquella concepción que divide al saber en áreas rígidas de competencia, a las personas según su posición en la sociedad, y a nuestra experiencia de la ciudad en “zonas de confinamiento”. Una idea de las cosas que tiene por correlato material el progresivo parcelamiento de Bahía Blanca en sectores definidos por una única función divorciada de su contexto: acá una reserva natural en la que hacemos de cuenta que esas industrias que están ahí en frente no existen; allá museos en donde si se habla de los trabajadores y sus reivindicaciones, mejor pensar que se trata del pasado; acá una costa cercada con alambre de púa y en el extremo opuesto, los ambientes climatizados del hipermercado o del quincho con pileta donde los que pueden, o sea, los que tienen, corren a encerrarse los días de calor. Lo que nos preguntamos desde esta rambla, cómodamente recostados en reposeras que trajimos de casa, mientras el sol se va y a lo lejos nos saludan los guardias de Toepfer -gente que a esta altura ya nos conoce-, es si tal concepción de la ciudad, más allá de sus supuestas virtudes funcionales, colabora en atenuar las ostensibles asimetrías que existen entre sus habitantes o si, por el contrario, las incrementa.

El crecimiento del gigante portuario tiene por base la extensión de los derechos de propiedad a espacios hasta hace poco considerados comunes. Dicho proceso, que con David Harvey aprendimos a llamar “acumulación por desposesión”, afecta a las cosas pero también a la manera en que la comunidad se concibe y organiza. La progresiva cancelación de lo común depende del “modelado preventivo de los deseos, las aspiraciones y las esperanzas” de las personas perjudicadas por su lógica. Es decir, requiere configurar a la comunidad a imagen y semejanza de los intereses del capital. Pero ¿puede una comunidad ser producida como un pellet de polietileno?

Mientras los turistas que el verano trae hasta este museo entran por el portón principal del predio de la usina, los chicos del Bulevar, de White o del Saladero suelen hacerlo por encima de los cercos o por debajo de los alambrados que quedan atrás del Castillo, luego de atravesar un territorio que, aunque les está expresamente vedado, continúan sobreentendiendo como propio. Ese andar casi clandestino por un puerto que no es suelo extranjero, pero a veces se le parece, resulta, paradójicamente, condición característica de su ser “de acá”. Las aguas de la Rambla de Arrieta no son muy profundas, pero ahí donde los pasos de estos pibes dan sin saberlo con las huellas borradas de sus padres y abuelos, la rambla se vuelve honda (y compleja) en el tiempo. Ellos son los últimos habitantes de la playa plebeya. Y en cada cosa que nos rompen,  en cada piedrazo que tiran, en cada macana que se mandan, sobrevive la sensación de que en el corazón de la comunidad domesticada se esconde un potrero salvaje, tierra de todos y de nadie, la promesa de un verano eterno y de una vida inalienable.

Más sobre La Rambla de Arrieta en http://museotaller.blogspot.com.ar/

 


Nicolás Testoni nació en Bahía Blanca en 1974. Es realizador audiovisual. Desde 2003, trabaja en Ferrowhite (museo taller), espacio del que actualmente es director. Su labor ha recibido el apoyo de las fundaciones Jan Vrijman (2005) y Prince Claus (2007) de Holanda, y distinciones en el festival Videobrasil (San Pablo, 2007), el Concours Internationaux Bourges -Musiques Electroacoustiques et Arts Electroniques- (Bourges, 2009) y la Bienal de la Imagen en Movimiento (Buenos Aires, 2016).


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